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jueves, 6 de diciembre de 2012

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuentos de terror para reescribir

                                                                                            



Yo vivía en un barrio de Montevideo llamado Prado , vivo en este lugar hace
ya casi tres años , muy cerca de mi casa había un edificio terrorífico ,
viejo y muy espantoso , no existía un solo niño en la zona que no le
tuviera miedo a ese horrible edificio.

Algunos decían que en ese lugar habitaban zombis y hasta espíritus de
personas que habían muerto ahí , aunque no les creía me daba mucho miedo es
espantoso lugar.

En algunas noches solía escuchar ruidos provenientes de ese edificio y me
daba muchísimo miedo.

Con mis amigos investigaba desde mi ventana , era nuestra sala de
investigación , todo lo que pasaba en el horrible edificio lo podíamos ver.

A muchos de nosotros nos daban ganas de entrar pero el miedo no nos dejaba
ni siquiera acercarnos a ese horroroso edificio.

Mis amigos decían que cualquier persona que se atreviera a entrar a ese
edificio nunca volvería a salir , esos sucesos eran impresionantes.

Todos le temían al edificio pero había alguien que al parecer no le tenía
miedo a nada en el mundo ese hombre cuidaba ese espantoso lugar , para
nosotros el era como un superheroe.

No podíamos creer que una persona se enfrentara solo todas las noches a
tales peligros , el era genial , fuerte y valiente.

Ninguna persona en el mundo creería esa historia a un par de niños , eso
era peligroso ya que si entrabamos al edificio no contaríamos con ayuda de
mayores.

Un día decidimos instalar en unos árboles , cámaras que le habíamos sacado
al padre de mi amigo Bruno , para poder ver bien desde mi casa.

Si nos daría miedo el edificio que apenas podíamos mirar lo que pasaba
desde mi computadora.

Pero un día pudimos llegar a sentir el verdadero miedo , no podíamos creer
lo que nuestros ojos estaban viendo eran.......eran......... zombis! feos y
horribles....zombis! salimos corriendo hacia el patio de mi casa con caras
de horror , esas imágenes perturbadoras quedarían para siempre en nuestras
mentes para toda la vida.

Un día mi mama pensó mudarse a un edificio y papa desea que era muy buena idea pero yo siempre les tenia miedo a los edificios pero bueno ya que mamá y papá se querían mudar yo estaba de acuerdo  con ellos 2 bueno ta paso todo y ta nos mudamos papá y mamá se tenían que ir a trabajar y era de noche y yo tenia mucho miedo por que me quedaba solo en un edificio tan feo, pero me la tuve que aguantar,entonces mamá 
 y papá se fueron a trabajar y yo me fui para mi cuarto a acostarme a dormir y cuando me estoy durmiendo siento un ruido extaño y hay me entro el miedo y se seguía sintiendo el mismo ruido entonces dije bueno voy haber que pasa baje la escalera y fui al comedor y no habia nada y las cosas se empesaron a mover todo. y yo lloraba gritaba del miedo que tenia y ta paso todo papá y mamá llegaron de trabajar y le conté todo y ellos  no me creían se pensaban que estaba jugando pero bueno no me creían y me quede solo de buelta y empeso a pasar todo de buelta y  le dije a mamá papá y no me creían bueno entones le dije a mamá y papá que se quedaran a ver que pasaba y bueno desdieron quedarse y cuando llego la noche nos acostamos y empeso a moverse todo, de repente  mamá y papá bajaron haber que había y no había nada y ellos pensaron que había un espiritud bueno ta charlaron todo y desdieron contratar a alguien para que se fijara haber que pasaba y si había un espiritud y bueno ta la persona le explico que antes de que ellos bibieran  se mato una persona y ta desdieron irse de la casa pero el papá dice y si sacamos este espiritud la mama pensó que era buena idea pero no se podia  intento sacarlo y todo pero no pudieron bueno ta al otro día la mamá estaba enpacando todo para irse cuando estaban subiéndose al auto ellos miraron para la bentaba y un espiritad que era chiquito los saludo y ellos salieron muy rápido de allí y ta después fueron para otro lado y bebieron felices..PERO El NIÑO SE PEGO UN BUEN SUSTO CON LOS ESPIRITUD NO SE JUEGA..... 

LOS VISITANTES DE LA ATLANTIDA  

Habían 15 personas ,5 niños y  diez padres , el HOTEL donde se quedaron ellos creian  que  era muy lindo pero cuando estaban en el allí, se dieron cuenta que era muy feo .
Después  fueron al bosque y se encontraron con : serpiente, ratas y otras cosas más.....

los niños estaban asustados y los padres también .

A una madre la agarro una serpiente y la estrangulo y a un niño lo mordió  un rata y murió infectado.

La gente que sobrevivía  se perdió   en el bosque y todos estaban llorando diciendo

- nos vamos a morir  -  se murieron por falta de alimentos, el que sobrevivío fue un padre que pudo salir del bosque  .

Después de esto le contó  un amigo lo que sucedió  y no lo podía creer lo que paso.



Terror en el
  hospital.





















En un muy y lindo barrio vivia una señora anciana y su nieta,la señora se llamaba alicia y su nieta romina

Vivian en ell barrio de la teja en la calle montero vidaurreta  568 .

Eran muy  humildes no eran ni muy pobres ni muy ricas eran normales como

Un día vinieron unos camiones grandes como de tres o cuatro vagones de largo , la señora sufria de paro cardiaco y cuando vio eso se asusto mucho y se metío para adentro  muy rápido , se empezó a agitar y a respirar muy fuerte su nieta romina le decía que se tranquilizara .A alicia le dio un paro cardíaco ,romina llamo enseguida al 911 vino la policia y se la llevaron al hospital .

Romina no podia creer todas la enfermedades que habían allí .

tenia mucho miedo y los pacientes medios ceniles no lo podia creer,la niña llamo a su padre que estaba en BS.AS su padre le dijo qe se tranqquilizara que pronto hiva a estar con ella...

Después de largas horas alicia salio de una operacion

una semana despues se fueron para bueno aires con sus padres .

Pero en el barcos se desmallo y lo llevaron al hospital de nuevo romina dijo- esto si que es terror en un hospital estoy aterada estaba lleno de agujeros de rata ,estaban todas las paredes rajadas  y todo el hospital sucio...

Despus de media hora alicia  racciono y pudo irse tranquielamentea Argentina

                  The End...

Terror en el edificio

Me llamo Emilie, tengo 11 años y les voy a contar una historia que los va a dejar impactados.

Yo vivía en una pequeña casita junto a mi madre, mi padre y mi hermana. Un día con 8 años decidí que iba a ser escritora de novelas.

Escribí mi primera novela y la llevé a un pequeño edificio viejo en el cual vivía un señor, llamado Ramón. El era  un  señor mayor, reconocido por ser un famoso  escritor de novelas al cual se le acabaron las ideas, y por esto, dejó de escribir. Con el correr del tiempo fue abandonándose y se convirtió en un hombre muy sucio y desprolijo.

Cuando llegué a su pequeño apartamento toqué timbre y esperé… abrió su puerta. Él estaba con una botella de cerveza y un pedazo de pizza en su mano, comiendo y tomando de una forma inhumana. Luego de que entré a su casa vi que era un desorden. Por la ventana se observaba algo tan tenebroso que caminé hacia atrás, me tropecé y caí. Era…era….era un cementerio!!! Claro que me asusté porque tenía tan solo 8 años y medio. Después de eso, le mostré mi novela a Ramón y me dijo: - es buena, pero tienes que expresar mejor su mensaje o sea, lo que quiere expresar la historia.

-está bien mañana vuelvo con una nueva novela, dije.

-Bueno hasta mañana, niña. Contestó Ramón.

-Adiós.

Cuando volví me interné en la computadora como por cuatro horas haciendo mi nueva novela.

A la mañana siguiente salí corriendo, me tomé el bus y fui al apartamento de Ramón.

Me dijo: -Está muy buena, pero tendrías que presentarla en una editorial.

-Muchas gracias Ramón, mañana lo intentaré.

Apenas salí comencé a saltar y a gritar como una loca.

 Fui a la editorial y dijeron: -esta buena, segura que la has hecho tú?

-Sí, claro señor yo misma la hice, contesté.

-mmm…, bueno mañana te llamo, anunció el señor con gesto de desconfianza. El domingo la mandaré a la imprenta así la publican.

A la mañana siguiente le comente a Ramón que  habían aceptado mi novela. Él me dijo que quizás llegaría a ser una escritora famosa como él, pero la diferencia sería que a mí nunca se me acabarían las ideas. Cuando volví a mi casa hicimos una fiesta familiar.  En eso, me llamó el señor de la editorial y me dijo:

 -Hola niña el domingo si o si estará la novela pronta.

-Muchísimas gracias señor, respondí.

-Hasta pronto, niña.

Llegó el domingo, el día estaba caluroso y no podías salir sin gorro, ya que estabas un minuto afuera y quedabas hecho un carbón. Fui a la imprenta cuando refrescó, por las nueve de la noche, logré que publicaran mi libro el mismo día. Eso fue como a las 11:37hs. de la noche cuando salí de la imprenta, fui a avisarle a Ramón que lo había logrado, mi novela ya había sido publicada. Era media noche cuando llegué al edificio, estaba todo oscuro. Cuando me movía apenas se prendían unas luces muy lentamente,  subí al ascensor y las luces se apagaron, todo se detuvo y yo con 8 años y medio me quedé paralizada, tenía mucho miedo! de repente algo me toca la espalda, sentí que me caía, además todo me daba vueltas. Al mirar con mucha dificultad, veo que era una mano toda lastimada. Al quererla tocar, me doy cuenta que era solo una mano, no había cuerpo ni nada. Desesperada por salir de ahí busqué algún botón, perilla o palanca de emergencia. De repente toco un botón que decía ENERGÍA DE EMERGENCIA. Cuando logré salir corrí al pequeño apartamento de Ramón y lo busqué dentro.

El estaba atado y me pidió ayuda, cuando lo desaté, aparecieron zombis y comenzaron a perseguirnos. Logramos llegar a la salida y corrimos hacia mi casa, le contamos a mi madre y mi padre lo que estaba sucediendo, pero no nos creían. Cuando los zombis comenzaron a romper todo para entrar nos escondimos en el sótano.

Al otro día ya no había nada. Lo peor era que descubrimos, que en realidad en la azotea del pequeño edificio había un hombre que controlaba a todos los zombis, ya que eran robots.

Todo salió bien, al final publicaron mi novela y fue un éxito, estoy pensando en una nueva historia basada esta vez en esta rara experiencia que les acabo de contar.

Terror en el edificio    
       
Hace cinco años aproximadamente una familia  viajó a Chile de vacaciones , se fueron en avión cuando llegaron se hospedaron en un hotel llamado California.
Cuando entraron observaron el hotel y vieron que en la residencia había un hombre morocho y alto , se fueron hacia su habitación que era la 2b en el segundo piso.
Al otro día se despertaron a las 8.30 AM después  de desayunar  fueron a la playa  cuando salieron para irse  a la playa vieron a otro hombre en la resepción, les pareció raro pero solo pensaron que era el cambio de turno ,cuando llegaron de la playa eran las 11.45 AM llegaron y vieron al mismo hombre .
Como estaban  muy cansados por el cambio de horario se fueron a la cama .
Cuando se fueron a la cama eran las 12.15 PM durmieron hasta las 3.10 PM , como era la primera vez que iban a Chile y que salían de su país que era Uruguay quisieron recorrer el lugar fueron a una plaza a jugar .
Como querían acostarse temprano para levantarse temprano para ir a la playa  fueron a comer a un restaurante  que había en frente de la plaza.
Llegaron del restaurante  y entraron y miraron  a la recepción  y vieron que el hombre que estaba ahí era diferente a todos  tenia la cara pálida  y le preguntaron si estaba bien y no les respondió nada  intentaron no pensar en eso pero cuando llegaron a el cuarto vieron algo que no podían creerlo.
Ya no habían más toallas  entonces fueron a buscar a la recepción  y no había nadie fueron al deposito y no había toallas fueron al cuarto ya había un espejo roto fueron a buscar en otros cuartos si habían toallas para que les prestaran pero en ninguna habitación salio nadie   se asustaron un poco y salieron a buscar información  le preguntaron a un hombre que vivía hace mucho tiempo en Chile y es dijo que ese hotel había sido derrumbado  en 1897 por un terremoto  y habían muerto 25 personas.
Entonces  se asustaron aún más entonces se fueron al hotel para investigar al llegaron estaba todo roto  y esa misma noche  empezaron a ver zombis pensaron que era imaginaciones por los nervios. Al otro día a las 11.00 AM estaban todas las ventanas cerradas y empezaron a escuchar ruidos fuertes  y se asustaron.
Después se quedo otro hombre en ese hotel era de Brasil y no sabía nada de  lo ocurrido y les  contaron y el hombre se pensó que era mentira y  le paso lo de las toallas y se asusto  un poco  y a los tres días  la  familia le tocó la puerta por si quería ir a la playa con ellos  y no salio y entonces entraron  y vieron un charco de sangre  entraron al baño que era en donde terminaba el rastro de sangre entraron y vieron a  un zombi comiendo al hombre   salieron corriendo pero   las puertas estaban cerradas  entonces rompieron un vidrio  y  escaparon  le dijeron  la policía cuando fue la policía  no estaba más  el hotel  y la policía pensó que estaban locos y la familia  volvió a Uruguay  y lo internaron en un hospital psiquiátrico por años en donde también los visitaban los mismos fantasmas del hotel pero eso es otra historia.



Los deseos del Lobo

Fue una tarde que mi hija me trajo un libro que yo habia escrito; -mamá me lo lees- -de donde lo sacaste, ¡damelo ya!- le conteste y depronto mi hija más grande aparecio y  me dijo - que ha pasado- siempre con su voz muy tranquila -escuche unos gritos y Lara estaba llorando- , -recuerdas cuando eras chica y me dijiste que lla nunca más le temerias a nada, creo que la es hora de que le temas a algo y alguien a la noche- dije deshaogandome de a poco, -sientate y escucha.

Cuando yo era chica los días de lluvi escribia cuentos para no aburrirme, un día comenze a escribir sobre un animal singular de una pequeña familia el Lobo, cuando por fin termine de escribir lo leei simpre solia leerlo  despues era para escuchr mi obra maestra y de repente un aullido fino pero largo la luz de mi cuarto fu afectada por la lluvia pense yo porque se prendia y se apagaba, uno de los tantos rayos rebelo la sombra de un animal salvaje muy paresido a un lobo parado en sus patas traseras, en el mismo istante que volvio la luz el aullido se termino.
Mi madre me llamo para comer y luego me acoste.

A la otra noche mientras me lavaba los dientes para dormir escueche el mismo aullido pero más corto, ademas nada de lo que paso la noche anterior paso.
El grito de mi madre me despertó vi el reloj y eran casi las dos y media de la mañana era muy raro que ella estubiera despierta a esa hora, así que salte de mi cama me puse la bata, me arepenti y me arrepentire ciempre de aberlo echo, mi madre tenia en el braso tres rasguños de gran profundidad que fue la causa de su muerte una de las uñas toco una vena.En mis brazos senti que alguien me estaba tocando era mi padre que con una mano me tapo la boca para no gritar -quedate en tu cuarto- me dijo con la voz baja, es lo que esta paando que le paso a mamá, no entendia nada de lo que estaba ocurriendo, pero pense que tenia que ver con el libro; era claro la sombra lo que le paso a mi madre todo paresia un cadena que se fue armando poco a poco, un rayo un aullido denuevo la vestia reflejada en el piso esto no me paresia bueno.

En un pestaniar la puerta de mi balcon ttodas las astillas en el pizo yo debajo de mi cama pude llegar a ver un par de pies con garras ailadas y peludas que pudieron romper el vidrio y la puerta.

Ese monstuo me buscaba a mi y me queria solo a mi yo trataba de contener la respiracion, mi ppadre aparecio con una escopeta
la vestia se levanto en sus ptas traceras y comenzo a aullar sin duda pense que er el mim animal que  mato a mi madre y elde las sombras.

El monnstuo salto sobre mi padre  y lo unico que queria era teneer las fuerzas para salir y darle el libro pero cuando por fin tuve las fuerzas para darle  mi padre grito -¿NO!- vi que el monstuo  el lovo reacciono rapidamente y de un manotaso desmallo a mi padre.

El lobo  me tomo del brazo y me miro  los ojos y me estaba trratando de sacar la pulsera que tenia en el brazo  una pulsera de juguete que para mi simbolisaba el amor y la naturaleza.
Sin  que yo me halla dado cuenta el lovo estba en frente mio me miro a los ojos y sentia que por la mente me ablaban y con la mirada profunda del era la unica forma de que entendira su lenguaje y de pronto me comenzo  ha hablar:-Tu eres la unica hija humana con sangre de lobo, la unica se save nuestros ecreto más esconidos- -entonces todo este libro que escribbi es cierto- no todo guardiana -¿guardiana?- -si de los secretos- -entonces que es verdd y que es mentira tu con el tiempo te daras cuenta, llevas un gran pribilejio no solo eres la guardiana de nuestros secretos, sino tambien la escritora de nuestros derechos cada cosa que escribes se combierte en realida - - que pasara cudo me muera o si alguien le el libro- - el libro dev pertenecer cautivo en tu mirada y tu primer hija tendria luego de los diez y ocho años el honor de mantener todo esto en secreto- -lo que aun no entiendo s la muerte de mi madre- -tu madre desonro a los lobos - -¿como?- -la pulciera er de tumadre no te laa tendria que a ber dado hsta tu mayoria de edad esa pulcer tiene el concimiento de cada uno de los lobos cuidate y cuida lo que para ti es importante pero jamas desonres el deseo de un lobo- esas fueron sus ultimas palabras en un pestañar ella no estaba ahí.

Recuerda esto Iara asta los aparatos ocosas que teprescan diminutivas son las que pueden llegar a poseer mas poder.
-Pero mamá- -que le respondi- porque ahora si faltan diez dias para mi cumpleaños y para ser mayor de edad- para que te vallas preparando temprano pero tranquila-
Lo que para mi era una fbula par ello siempre fu una historia que cambio su vida. Jamas desonres los deseos de un lobo.


Los deseos del lobo

Había una vez  en un barrio llamado la teja  que allí habían 3 amigos que desde  los tres años y desde que una ves se vieron ello se amigaron  y empezaron a jugar juntos  después de 10 años cuando los amigos tenían 13  uno de los tres amigos  se  muda a un campamento por un año y el amigo les cuenta que se va a mudar por una año a un campamento  y los  amigos enseguida le preguntaron si podían ir y le fue a preguntar a la madre y la madre le digo  que si bueno cada uno fueron a empacar las cosas y al otro día de fueron en un tren  y demoraron 5 horas y enseguida llegaron y fueron a jugar un partido  Franco y Luis   lucas    Lucas jugo solo porque era el mejor de los tres por eso jugo solo y eso que  el mejor les gano 10 a 7 en una plaza mientras la madre fue a una playa después de 3 años se enteraron que había un parador clausurado por peligro de derrumbe.Ellos  una vez quisieron entrar y había ropa rota y enseguida llego el lobo y los arrincono y ellos le tiraba con cosas y la madre escucho ruidos  e iba a ir a  hablar que traten de no hacer  mas ruidos cuando llego y vio a un lobo tratando de matarlos y la madre le tiro con lo que tenia mas cerca con una piedra y le pego en la cabeza y el lobo se fue y   la madre le dijo que se iban a mudar y  el hijo Franco le digo que se tenían que quedarse  y la madre le digo que si  al otro día  llego el lobo y ellos le habían echo una trampa  cuando el lobo llego callo en la trampa
y la madre lo quiso apuñalar  y el hijo le dijo que no que la iba a pagar sufriendo
y cada día le cortaban una pata al otro día le faltaba una pata pero no la boca y corto la cuerda y se escapo sin una pata y al otro día espero que  ellos fueron a apuñalarlo y le pusieron un muñeco con su tamaño adentro  algo para que se muera y el lobo lo quiso matar y se murió el al otro día el mismo día que tenían que volver y fueron a su verdadera casa y le quiso contar lo que paso  a la madre de Luis y Lucas y le  hablaron que con ella no salían mas pero al final de eso las madre de Lucas y Luis la perdonarlo y después de 3 años ellos volvieron pero fue con la madre de Lucas,Franco y Luis  y ahí
demoraron 3 años en volver y ellos tenían 17 años y después de todo lo que
paso ellos fueron detective y a los 20 años ellos subieron a jefes.
después de eso los 3 en un caso de los jefes  tuvieron que volver al campamento donde estaba el lobo y había otro lobo que tenía el mismo deseo la carne humana y le hicieron la misma trampa que había funcionado con ellos



Terror en el edificio :
   
Un día estaba acostada mirando television con mi mejor amiga, cuando mi mama me llamo desde su trabajo y me dijo:
-Hola hija, podes venir a ayudarme?
-Claro que si ! le dije como si estuviera muy interesada.
Fui con Charlotte (mi mejor amiga) y la ayudamos.
Cuando terminamos juntamos todo y fuimos directamente a subir al acensor, porque el edificio donde trabaja mama arriba tiene apartamentos, cuando subimos al acensor y estábamos a punto de llegar al piso 11 que era donde nos teníamos que bajar...Se tranco.
Quedo ahí parado y no se movía , Charlotte empezó a tocar el botón de alarma pero nadie venir a ayudarnos ! estábamos muy enojadas,
Ya había pasado 1 hora y no había venido nadie a sacarnos, entonces le dije a Charlotte :
-Te animas a poner tus manos en forma de escalera?
-Si claro!, pero para que?
-Eso dejame a mi solo pone tus manos
-Ok...............Subí a sus manos para intentar abrir el ducto de ventilacion, pero estaba muy duro seguramente porque desde hace mucho tiempo que no pasa esto, no me di por vencida y seguí intentando..Seguí y seguí hasta que..............La abrí (por fin) . La primera que subió fue Lottie (así llamo a Charlotte), luego subí yo y mi mama por ultimo....Cuando mire frente a mi vi una puerta y me estaba dirigiendo a ella hasta que vi una rata,grite  tan fuerte que me aturdí yo misma y me volví a caer al acensor.Mi mama y Lottie intentaron sacarme , sentí gritos de personas como que se estuviera incendiando el edificio y les dije a mama y a Lottie que teníamos que salir ya de ahí! entonces seguimos intentando hasta que salí. Cruzamos la puerta y vimos que era la vía al piso 9, cuando llegamos al nueve nos alegramos y con las escaleras subimos hasta el 11, nos dio alegría llegar. Nos dimos cuenta que se estaba incendiando.......Entonces agarramos a las cosas mas importantes y a mi gatita Tracy  y salimos .Mama llamo a la abuela y le contó lo que había pasado, y la abuela nos ofreció quedarnos en su casa mientras se arreglaba todo..
Nos quedamos a vivir en lo de la abuela Lincy 4 años hasta que arreglaron el edificio y nos fuimos a vivir de nuevo allí........................

domingo, 16 de septiembre de 2012

Festival de Naciones

Ya que elegimos Italia como país a representar tenemos una danza típica del sur, les dejo el video para que la vayan aprendiendo.

jueves, 5 de julio de 2012

Caperucita Roja, la versión del Lobo

El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio.
Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas sentí pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi venir una niña vestida en una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la vean. Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunte quien era, de donde venia, a donde iba, a lo que ella me contesto, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.

Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues también el bosque era para el. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.

La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegue me abrió la puerta una simpática viejecita, le expliqué la situación. Y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.

Cuando llegó la niña la invite a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada, y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. 
 
Ahora bien me agradaba la niña y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Ustedes comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña tenía bonita apariencia pero empezaba a serme antipática. Sin embargo pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban para verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizo. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.

Se que debí haberme controlado pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grande para comerla mejor. Ahora, piensen Uds.: ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría atrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité pero fue mucho peor. La niña gritó aun más. De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo mire y comprendí que corría peligro así que salté por la ventana y escapé.
Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme.

No se que le pasaría a esa niña antipática y vestida en forma tan rara, pero si les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora Ustedes ya lo saben.


Anónimo

miércoles, 27 de junio de 2012

15 microrrelatos famosos

LA OVEJA NEGRA - AUGUSTO MONTERROSO
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

UN SUEÑO - JORGE LUIS BORGES
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

EL POZO - LUIS MATEO DÍEZ
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior. "Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.

HABLABA Y HABLAMA - MAX AUB
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

LA MANO - RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado. Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino. La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte. ¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano? Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».

CARTA DEL ENAMORADO - JUAN JOSÉ MILLÁS
Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

LA MUERTE EN SAMARRA - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (Adaptación)
El criado llega aterrorizado a casa de su amo.
-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.
El amo le da un caballo y dinero, y le dice:
-Huye a Samarra.
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.
-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.
-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

LA MANZANA - ANA MARÍA SHUA
La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

EL EMPERADOR DE CHINA - MARCO DENEVI
Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo - Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador.
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

CALIDAD Y CANTIDAD - ALEJANDRO JODOROWSKY
No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO - JOSÉ LEANDRO URBINA
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza...
- ¿Dónde está tu padre? - preguntó
- Está en el cielo - susurró él.
- ¿Cómo? ¿Ha muerto? - preguntó asombrado el capitán.
- No - dijo el niño -. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros. El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

AMENAZAS - WILLIAM OSPINA
-Te devoraré -dijo la pantera.
-Peor para ti -dijo la espada.

ESTE TIPO ES UNA MINA - LUISA VALENZUELA
No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA - FRANK KAFKA
Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie.
Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la
responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

(SIN TÍTULO) - GABRIEL JIMÉNEZ EMAN
Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

lunes, 11 de junio de 2012

Himno a Artigas

El Padre nuestro Artigas
señor de nuestra tierra
que como un sol llevaba
la libertad en pos.

Hoy es para los pueblos
el verbo de la gloria
para la historia un genio
para la Patria un Dios.

Para que fuera ejemplo
de los americanos
grabó en el libro de oro
de la inmortalidad.

La Patria de mis hijos
no venderé oh!! tiranos
al precio miserable
de la necesidad.

Cuando hoy — recordamos
la pureza de su amor a la Patria
y su virtud.
Nuestras almas se llenan de
grandeza
y el corazón estalla
en gloria y juventud.

Levantad vuestros nobles corazones
la palabra de Artigas escuchad
que sus ecos parecen escuadrones
que pasan y que atacan
gritando libertad.

Gritando libertad — gritando libertad
gritando libertad - ...

El Padre nuestro Artigas
señor de nuestra tierra
que como un sol llevaba
la libertad en pos.

Hoy es para los pueblo
el verbo de la gloria
para la historia un genio
para la Patria un Dios.

Para la historia un genio para la Patria un Dios...

L-M/ Ovidio Fernández Ríos


Enlace a la música en formato OGG

viernes, 8 de junio de 2012

Ruido atronador - Ray Bradbury


El anuncio que había en la pared parecía temblar bajo una desli­zante película de agua caliente. Eckels notó que sus pestañas parpa­deaban, y el anuncio brilló en aquella momentánea obscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S. A.
SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO
USTED ELIGE EL ANIMAL
NOSOTROS LE LLEVAMOS ALLÍ
USTED LO MATA

A Eckels se le formó una flema en la garganta. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca dibujaron una sonrisa mientras que lentamente alzaba su mano, con la que agitaba un cheque por valor de diez mil dólares ante el hombre situado al otro lado del escritorio.
–¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
–No garantizamos nada –dijo el oficial–, excepto los dinosau­rios –se volvió–. Éste es el señor Travis, su guía para el safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dóla­res, además de una posible sanción por parte del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ora anaranjada, ora plateada, ora azul que había al otro extremo de la vasta oficina. Era como el sonido de una gigan­tesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los ca­lendarios de pergamino, todas las horas amontonadas en llamas.
El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbo­nes, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán; todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán vivas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombre­ros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
–¡Maldita sea! –murmuró Eckels con la luz de la máquina iluminando su delgado rostro–. Una verdadera máquina del tiempo –sacudió la cabeza–. Da que pensar. Si ayer la elección hubiera ido mal, yo quizás estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios, ganó Keith. Será un buen presidente.
–Sí –dijo el hombre sentado tras el escritorio–. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, an­tiintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando aunque no del todo. Decían que si Deutscher era presidente querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
–Matar mi dinosaurio.
–Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
–¡Trata de asustarme!
–Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safa­ris y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más condenada emoción que un cazador pueda pretender. Lo envia­remos a sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque durante un rato. Se le retorcían los dedos.

–Buena suerte –dijo el hombre sentado tras el mostrador–. El señor Travis está a su disposición.
Silenciosamente cruzaron el salón, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día... Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019. ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.
Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. En la Máquina había otros cuatro hombres. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y otros dos cazadores, Billings y Kramer. Se miraron mutuamente y los años llamearon alrededor.
–¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –pre­guntó Eckels.
–Si da usted en el sitio preciso –dijo Travis por la radio del casco–. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna vertebral. Si no les tiramos a éstos, tendremos más probabilidades. Aciértele con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La Máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
–¡Dios santo! –dijo Eckels–. Los cazadores de todos los tiem­pos nos envidiarían.
El Sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se en­contraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules sobre las rodillas.
–Cristo no ha nacido aún –dijo Travis–. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las Pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
–Eso –señaló el señor Travis– es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía entre la vegetación salva­je, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
–Y eso –dijo– es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que, de algún modo, usted toque este mundo del pasado. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
–¿Por qué? –preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas, y flores de color de sangre.
–No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una má­quina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadverti­damente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
–No me parece muy claro –dijo Eckels.
–Muy bien –continuó Travis–, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de ese individuo, ¿entiende?
–Entiendo.
–¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
–Bueno, ¿y eso qué? –dijo Eckels.
–¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis–. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insec­tos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Eventualmente todo se reduce a esto: cin­cuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las ca­vernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona, al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desenca­denará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra Tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizás Europa sea para siempre un bosque obscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplas­tará las Pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise fuera!
–Ya veo –dijo Eckels–. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
–Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos fac­tores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordina­rias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá no­sotros no podamos cambiar el tiempo. O quizá sólo pueda cambiar de modo muy sutil. Quizás un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos más allá, más tarde, una desproporción en la población, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de aleja­dos países. O aún algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando muy de cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? Nosotros no. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepa­mos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Como usted sabe, esta máquina, este sen­dero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nues­tras bacterias en una antigua atmósfera.
–¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
–Están marcados con pintura roja –dijo Travis–. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta era particular y siguió a ciertos animales.
–¿Para estudiarlos?
–Exactamente –dijo Travis–. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol, u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
–Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente–, debían de haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
–Eso hubiese sido una paradoja –dijo Lesperance–. El tiempo no permite esas confusiones… un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un aeroplano que cae en el vacío. ¿Sintió usted ese salto de la máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted también señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
–Dejemos esto –dijo Travis bruscamente–. ¡Todos en pie!
Se prepararon para dejar la Máquina.
La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
–¡No haga eso! –dijo Travis–. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le disparara el arma…
Eckels enrojeció…
–¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.
–Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Sobre todo, busque la pintura roja. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el sendero. ¡Quédese en el sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
–Qué raro –murmuró Eckels–. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de las elecciones. Keith es presidente. La gente lo celebra. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
–¡Levanten el seguro todos! –ordenó Travis–. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
–He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto sí que es caza –dijo Eckels–. Tiemblo como un niño.
–¡Ah! –dijo Travis.
Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
–Ahí adelante –susurró–. En la niebla. Ahí está. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos, y suspiros.
De pronto, todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
Un ruido atronador.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió Tyrannosaurus rex.
–Es… –murmuró Eckels–. Es…
–¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre sus patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilogramos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil, y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpientes se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de Sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
–¡Dios mío! –Eckels torció la boca–. Puede incorporarse y alcanzar la Luna.
–¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza–. Todavía no nos ha visto.
–No es posible matarlo –Eckels emitió serenamente este ve­redicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión; el arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido–. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
–¡Cállese! –siseó Travis.
–Una pesadilla.
–Dé media vuelta –ordenó Travis–. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
–No imaginé que sería tan grande –dijo Eckels–. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
–¡Nos ha visto!
–¡Ahí está, la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aún cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
–Sáquenme de aquí –dijo Eckels–. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
–No corra –dijo Lesperance–. Vuélvase. Ocúltese en la Má­quina.
–Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como tratando de mo­verlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
–¡Eckels!
Eckels avanzó algunos pasos, parpadeando y arrastrando los pies.
–¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia delante con un terrible grito. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió, mostrando sus brillantes dientes al Sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió entre chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una mon­taña, Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el sendero de metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Un chorro de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, dentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Tras la tormenta, una gran paz. Tras la pesadilla, el despertar.
Billings y Kramer se sentaron en el Sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estreme­ciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
–Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. Uno podía oír los suspiros y murmullos en su interior, a medida que morían las cámaras más lejanas, y los órga­nos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba, para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren todas las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Se oyó otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo concluyente,
–Ahí está –dijo Lesperance, y consultó su reloj–. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal –miró a los dos cazadores–. ¿Quieren la fotogra­fía trofeo?
–¿Qué?
–No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Se debe mantener el equilibrio. Dejamos el cuerpo, pero podemos llevarnos una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer cansadamente en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante arma­dura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
–Lo siento –dijo al fin.
–¡Levántese! –gritó Travis.
Eckels se levantó.
–¡Vaya por ese Sendero, solo! –dijo Travis, apuntando con el rifle–. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
–Espera...
–¡No te metas en esto! –Travis apartó la mano de Lesperan­ce–. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Estamos arruinados! Dios sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garan­tizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Incluso pueden quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la historia!
–Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
–¿Cómo podemos saberlo? –gritó Travis–. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
–Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
–Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Meta los brazos hasta los codos en la boca, y luego vuelva.
–¡Eso no tiene sentido!
–-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Lentamente, Eckels se volvió a mirar el primi­tivo basurero, la montaña de pesadillas y terror. Al cabo de unos instantes, como un sonámbulo, arrastrando los pies, se dirigió hacia el monstruo.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una sostenía un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
–No había por qué obligarlo a eso –dijo Lesperance.
–¿No? Es demasiado pronto para saberlo –Travis, con el pie, tocó el cuerpo inmóvil–. Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien –le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance–. Enciende. Volvamos a casa.

1492. 1776. 1812.
Se limpiaron la cara y las manos. Se cambiaron la camisa y los pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba en silencio. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
–No me mire –gritó Eckels–. No hice nada.
–¿Quién puede decirlo?
–Salí del Sendero, eso es todo, traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
–Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
–Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999. 2000. 2055.
La Máquina se detuvo.
–Afuera –dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no exactamente. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio. Travis miró alrededor rápidamente.
–¿Todo bien aquí? –estalló.
–Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del Sol por la única ventana alta.
–Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
–¿No me ha oído? –dijo Travis–. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una substancia química tan sutil, tan leve, que sólo sus subliminales sentidos le advertían del lánguido clamor que estaba allí. Los colores, blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran..., eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de ese cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exacta­mente el mismo hombre detrás del mismo escritorio... se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué clase de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los mu­ros, casi, como piezas de ajedrez que arrastrara un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo, el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO S. A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTÉ NOMBRA EL ANIMAL
NOSOTROS LE LLEBAMOS AYÍ
USTÉ LO MATA

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
–No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
–¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! –gritó Eckels.
Cayó al suelo, una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigan­tesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿O sí?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la voz:
–¿Quién..., quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre sentado tras el mostrador se rió.
–¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre con agallas. ¡Sí, señor! ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Con dedos temblorosos recogió la mariposa dorada.
–¿No podríamos –se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina–, no podríamos llevarla allí, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó, estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro y apuntaba.

Un ruido atronador.