domingo, 3 de junio de 2012

Elementos del clima

El clima de una zona depende de ciertos elementos, principalmente temperaturas, precipitaciones, presión y vientos. Estos elementos varían de unos lugares a otros porque están condicionados por distintos factores, como son la latitud, la altitud y la distancia al mar.
El clima tiene cuatro elementos principales: la temperatura, las precipitaciones, la presión atmosférica y los vientos.


Temperatura
La temperatura es la cantidad de calor que tiene el aire de la atmósfera. Según la temperatura, nuestro planeta se divide en:
· Una zona cálida entre los dos trópicos. En ella, los rayos solares inciden total o prácticamente perpendiculares durante todo el año. Por ello, las temperaturas son elevadas y hay muy pocas diferencias de temperatura entre unas estaciones y otras.
· Dos zonas templadas, situadas entre los trópicos y los círculos polares. En estas zonas, los rayos solares inciden de forma más inclinada que en la zona cálida. Por ello, las temperaturas son más moderadas y se nota más la variación de las estaciones.
· Dos zonas frías, en los círculos polares. En estas zonas, los rayos solares inciden de manera muy oblicua durante todo el año. Por ello, las temperaturas son siempre frías.
Precipitaciones
La precipitación es la cantidad de agua caída sobre la superficie terrestre procedente de la condensación de vapor que contiene el aire en forma de lluvia, nieve, granizo, etc. Las precipitaciones son más abundantes en el ecuador y descienden hacia los polos, pero también aumentan con la altitud y con la proximidad a mares y océanos.
Las precipitaciones se producen por diversas causas:
· A. Por la evaporación del suelo. El calor del sol calienta la tierra húmeda y evapora el agua que la empapa (1), formando nubes (2) que dejan lluvias (3).
Es muy frecuente en el norte de España, donde hay mucha humedad en el suelo. Este mecanismo también puede formar niebla.
· B. Por el relieve. Se produce cuando el aire húmedo que proviene del mar llega a una montaña o a cualquier zona de alto relieve. El aire húmedo se ve obligado a ascender (1). Cuanto más arriba sube el aire, más se enfría. El vapor de agua, frío, se condensa en nubes y llueve (2). Por esta razón, las zonas de montaña suelen ser más lluviosas.
· C. Por la formación de frentes. Cuando una gran masa de aire caliente y húmedo (1) se encuentra con una masa de aire frío (2), el aire caliente asciende por encima del frío. Al subir, se enfría, se condensa, forma nubes y llueve (3).
Presión atmosférica
La presión atmosférica es el peso que ejerce el aire sobre un punto determinado de la Tierra. La presión varía de unos lugares a otros. En las zonas situadas a menor altitud la presión es mayor, porque soportan más peso del aire; también cambia con la temperatura, pues el aire cálido pesa menos que el frío.
La presión normal media es de 1.016 milibares (mb). Las zonas que tienen una presión superior se denominan anticiclones o altas presiones y dan lugar a un tiempo estable y seco. Las zonas que tienen una presión inferior a 1.016 mb se denominan borrascas y originan un tiempo inestable y lluvioso. En las zonas de contacto entre anticiclones y borrascas se forman lo que denominamos frentes.
Zonas de bajas y altas presiones
Baja presión
1. 1. En una zona, el aire se calienta y se eleva. Al elevarse el aire, el peso que ejerce sobre el suelo disminuye. Se produce una zona de baja presión.
2. 2. Al ser la presión más baja, las nubes pueden entrar en la zona de baja presión desde otras zonas: el mar, las montañas, etc. Se puede producir la lluvia en cualquier estación del año.
3. 3. En otros sitios, la presión es más alta. Allí, el peso que ejerce el aire sobre el suelo es mayor que el peso que se ejerce en la zona de baja presión. Como los pesos son distintos, el aire se mueve desde la zona de alta presión hasta la de baja presión y se producen vientos.
Alta presión
1. 1. En una zona, el aire se calienta y se eleva.
2. 2. El aire caliente que asciende desplaza aire frío de la zona alta de la atmósfera.
3. 3. Al desplazarse el aire frío, produce viento en la parte alta de la atmósfera.
4. 4. En algún punto, este aire frío cae. Al caer, aumenta la cantidad de aire en ese punto y, con ello, la presión. Se produce una zona de alta presión.
5. 5. Al caer el aire frío, se calienta, ya que llega a zonas más bajas y templadas. Al calentarse no puede condensarse el vapor de agua contenido en el aire y no se produce lluvia. El cielo está despejado, brillante y sin nubes. ¡Buen tiempo!
Vientos
El viento es simplemente aire en movimiento. Se origina por las diferencias de presión atmosférica entre unos lugares y otros. El aire va de las zonas de alta presión a las de baja presión.
Existen diferentes tipos de viento:
Hay vientos constantes, que soplan permanentemente en la misma dirección, como los alisios, que se dirigen siempre desde los trópicos hacia el ecuador.
Otros cambian su dirección según las estaciones, como los monzones, que en verano soplan desde el océano Índico hacia el continente asiático y traen lluvias abundantes, y en invierno lo hacen desde el continente hacia el mar con un tiempo estable y seco.
También existen vientos locales o regionales, que siempre soplan en la misma dirección y reciben un nombre propio. En Argentina y Uruguay afecta el pampero, un viento frío procedente del suroeste.
Por último, los vientos orográficos son fuertes y secos, porque el ascenso del aire por las laderas montañosas les hace perder su humedad, reciben diversas denominaciones, como el chinook de las Montañas Rocosas.

Fracciones, decimales y porcentajes.

Actividades sobre fracciones y porcentajes.

miércoles, 30 de mayo de 2012

La Argumentación


Cuando queremos demostrar a alguien que lo que decimos es verdad, cuando no estamos de acuerdo con la opinión de otro o al rechazar una invitación, alegamos una serie de razones con las que justificamos nuestra opinión o decisión; es decir, argumentamos.
¿QUÉ ES UNA ARGUMENTACIÓN?
Es una de las manifestaciones del discurso oral o escrito, cuya principal finalidad es la de convencer de algo a quienes escuchan o leen. A través de razonamientos, se intenta probar o justificar aquello que se defiende y, al mismo tiempo, rebatir las opiniones contrarias.
¿PARA QUÉ SIRVE?
Con la argumentación, intentamos:
  • defender una opinión o un punto de vista sobre algún tema, demostrando que son más acertados que los de los demás;
  • poner de manifiesto los fallos o errores de quienes se oponen a nuestra argumentación para hacerles cambiar de parecer;
  • convencer a los que nos escuchan o leen para que admitan como cierto lo que decimos.
LA ESTRUCTURA DE LA ARGUMENTACIÓN
En muchos textos argumentativos se distinguen tres partes:
  • La tesis o idea básica que se va a defender. Esta se presenta de forma concisa y clara.
  • El cuerpo de la argumentación, donde se apoya, justifica o fundamenta la tesis con una serie de razones.
  • La conclusión, extraída a partir de los argumentos expuestos, con la que se refuerza la tesis inicial.
LOS ARGUMENTOS
Para ser más convincente, el autor puede reforzar su propia opinión:
  • apelando a la experiencia de quienes le escuchan o leen;
  • apoyándose en estadísticas, cifras, imágenes o datos que confirmen su parecer;
  • aportando citas de personas de reconocido prestigio en ese mismo campo del saber, que hayan expresado la misma o similar opinión;
  • recordando ejemplos, anécdotas o citas literarias, de los que se extraiga idéntica conclusión a la defendida.
Si el emisor quiere convencer a quien le escucha, es aconsejable que exista desde el principio un acuerdo mínimo con este, pues de lo contrario será muy difícil convencerle completamente de los razonamientos que se exponen.
Los argumentos que utilicemos en una argumentación han de ser creíbles y estar documentados y ordenados; no deben contradecirse entre sí ni ser falsos. También han de estar expresados de forma clara, organizada y sencilla. ¡Solo así seremos convincentes!

lunes, 28 de mayo de 2012

Un expreso del futuro - Julio Verne

Un expreso del futuro
Julio Verne

-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!

Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.

¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra... No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.

-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston... en una estación.

-¿Una estación?

-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.

Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.

Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.

¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.

Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta “Armada de la Ciencia” era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.

Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.

Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento... Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.

Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.

Así que aquella “Utopía” se había vuelto realidad ¡y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!

A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!

-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.

-Al contrario, ¡absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios... ¡casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.

-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.

-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana... O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.

Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?... ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?

-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!

-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?

Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.

-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!

Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.

A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.

Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.

Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:

-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?

-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!

Arrancado... sin la menor sacudida... ¿cómo era posible?... Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.

¡Si en verdad habíamos arrancado... si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora... ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!

Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.

Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.

Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.

¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua... una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una “atmósfera” por cada diez metros de profundidad?

Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce... quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.

FIN

jueves, 24 de mayo de 2012

Mezclas homogéneas y heterogéneas

Indica si los siguientes alimentos son mezclas homogéneas o heterogéneas
y sus componentes. En caso de tratarse de soluciones señala cuál es el soluto y cuál el solvente.

Capuchino

Té


Café con leche

Café
Sopa de tomates


Sopa de letras


Jugo natural de naranja

Licuado de frutas

miércoles, 23 de mayo de 2012

Coordenadas Cartográficas

Utilizando la XO  y la búsqueda en góogle maps averigua a qué lugares corresponden las siguientes coordenadas.

-34.906689, -56.186122‎
-34.891158, -56.187433‎
-34.894520, -56.153036‎
-34.888360, -56.259835‎

Ahora indica las coordenadas aproximadas de ubicación de las siguientes ciudades, recuerda que el - en la latitud indica el Sur y en la longitud el Oeste.

Londres:
París:
Río de Janeiro:
Ciudad de México: